- ¿Cómo sé que volverás?

- Me podría inventar cualquier argumento para tranquilizarte, pero ya sabes que no me gusta mentir. No puedes llegar a saber si volveré, ni yo mismo lo sé.

- No es justo.

- Confía en mí Laura.

- Eso no hace menos pesada la despedida.

- Por favor, no hagas que esto sea más difícil de lo que es. Si retraso más este día, habrá sido otro propósito abandonado en el olvido. Lo necesito, igual que necesitaba despedirme. Te conozco desde que éramos unos críos y sé que aunque te duela, en el fondo me comprendes y me apoyas como siempre lo has hecho. Créeme si te digo que para mí pocas cosas merecen tanto la pena como tu amistad. Bueno quizá los bizcochos que a veces nos hace tu madre para merendar…

Esperaba esbozar una sonrisa en su boca para restarle importancia al asunto, pero no fue así. Indecisas, brotaron de sus ojos y mientras iban deslizándose por sus mejillas reflejaban las luces que dentro de poco morirían para dar paso a la oscuridad de la noche. El murmullo de las olas silenciaba los llantos que ninguno quería escuchar. Comprendí que como en muchas otras ocasiones, un abrazo bastaría para transmitirle todo lo que sentía en aquel momento.

- Gracias – me susurró al oído. Me separé de ella y la miré fijamente a los ojos. No supe leer en ellos más allá de lo que podía sentir en mi corazón. Fue entonces uno de los momentos en que hice algo que prefiero evitar: tomar decisiones sin pararme a pensar en las consecuencias.

- Dentro de dos primaveras, espérame en este mismo lugar cuando las últimas luces del 28 de Octubre iluminen el horizonte. Prometo volver.

- Está bien pero vuelve habiendo cumplido lo que te propones.

- De lo contrario no podría mirarte a los ojos estimada amiga.

- Suerte – me alargó la mano y tras dudar se la estreché – Ves tirando, que aun tienes cosas que hacer y pronto se hará oscuro. Yo me quedo aquí un rato más. Adiós.

- Adiós no, hasta otra.- la miré una vez más a los ojos antes de que se girara. Dolor, tristeza y algo más…

Después de intercambiar estas últimas palabras recogí mi bicicleta de la arena y me sacudí la ropa ganando tiempo para evitar irme y así poder disfrutar un poco más del momento. ¿Qué estaba haciendo? ¿Acaso estaba dudando de mi propósito? Debía ser firme en mi decisión.

Poco a poco me alejé, remontando el río Besós por el carril bici en dirección a Santa Coloma dejando cada vez más atrás aquel pequeño trozo de playa en la desembocadura, que se había convertido en guardián de una promesa.

Cuando llegué a mi destino rondaban las seis de la tarde, aun no había oscurecido. Puse rumbo al barrio de Singuerlín para después dirigirme a las Oliveras. Un muro de piedra de tonalidad marrón me indicó que ya había llegado. Delante de mí se alzaban las puertas metálicas que daban acceso al cementerio.

El dolor aun reciente crecía mientras me acercaba al lugar en el que desde hace unos días reposaba mi abuelo. Su fotografía con mirada risueña me hace recordar a un hombre que por encima de todas las cosas, de una forma u otra, siempre lograba dibujar una sonrisa en aquellos que le rodeaban. Para mí fue como un padre durante mucho tiempo y aun ahora me sigue dando lecciones sobre los caminos de la vida y sobre cómo al final, sea cual sea nuestra condición, pereceremos dejando tras nosotros una estela de recuerdos. Y es ahí donde reside el secreto de la inmortalidad, en dejar un trocito de nuestra alma en los corazones de las personas.

- Porque la lección más importante que me has dado abuelo es que lo que realmente importa en la vida es ser una buena persona. Prometo que volveré. Y como te dije cuando era un crío, algún día cuando yo sea grande y tú seas pequeño te llevaré de la mano a jugar a la Plaza de la Vila.

Inevitablemente se me formó un nudo en la garganta al recordar cuantos veranos pasé en su casa junto a mi abuela. Gracias a ellos aprendí el valor de la humildad y otra cosa que valoro mucho. Aprendí a dibujar.

El regreso se hizo más fácil pues era cuesta abajo. Al entrar a casa, Madre estaba preparando la cena con Hermano. Yo no tenía mucha hambre, así que ultimé los preparativos. En casa nadie sospechaba lo que pensaba hacer esa misma noche. O al menos eso pensaba. Al cabo de cinco minutos de llegar, Padre apareció en la puerta de mi habitación y me hizo señales de que le acompañara para hablar sin que Madre nos oyera.

- ¿Qué estás tramando? – susurró.

- Nada Padre.

- Después de haberte criado durante veintidós años espero que no pienses engañarme.

- Casi veintidós. Tranquilo Padre, no tienes nada de que preocuparte, hace años que puedo cuidar de mi mismo.

- Eso espero.

Esa fue la última conversación que mantuve con Padre antes de todo cambiara. La cena transcurrió como cualquier otro día, el más normal de ellos. Y la verdad es que eso era justo lo que necesitaba, nada de despedidas ni comidas suculentas, la simple imagen de los cuatro felices cenando juntos cualquier cosa, era motivo suficiente como para alegrarme de tenerlos.

Alrededor de las doce de la noche del sábado 28 de Octubre de 2006 todos en casa yacían en un profundo sueño. Todos menos yo, que recolectaba todo lo que iba a necesitar para mi viaje. Cogí una maleta pequeña y metí ropa de abrigo y ropa interior limpia para una semana. Para las demás estaciones del año ya compraría cuando fuera preciso. Organicé los documentos necesarios y cogí el dinero que había estado ahorrando durante algún tiempo. Con ese dinero me llegaría para vivir durante alrededor de un año en condiciones mínimas, el resto debería ganarlo con mi esfuerzo. En una mochila aparte coloqué lo que seria mi medio de supervivencia: los óleos, los pinceles, los colores pastel, mi bloc de dibujo… Todos eran instrumentos de dibujo que utilizaría para mantenerme y alimentarme.

Una vez lo tuve todo listo, cogí el sobre que contenía la carta donde lo explicaría todo a mi familia y lo deposité sobre la mesa del comedor. En una cara se podía leer: “De parte de vuestro hijo y hermano”.

Recogí todo lo que había preparado, crucé el umbral de mi casa sin hacer ruido, y cerré la puerta con llave. Hasta dentro de dos años no volvería a ver esa robusta puerta de madera caoba ni volvería a encajar la llave en su cerradura.

Con paso decidido salí a la calle. Todo era normal, como cualquier otra noche. Y sin embargo en todas partes respiraba la sensación de libertad que tanto deseaba. Me encaminé a la parada de taxis sin darme cuenta que atadas con grilletes a los pies iba arrastrando unas cadenas. Eran las cadenas que algún día me harían regresar al lugar donde crecí.

Adiós Santa Coloma, bienvenida Libertad.

Advertisement