Mi primer destino era Andorra. Siempre que he ido allí me he sentido muy relajado, y ahora mismo necesitaba paz en el torbellino de emociones que revolvía mis entrañas.
Cinco minutos después de salir por el portal de mi casa, me encontraba de pie en la parada de taxis esperando a que un golpe de suerte me trajera a un taxista dispuesto a llevarme a la Estación de Sants. Un escalofrío producido por la sensación de libertad recorrió mi espalda y me sacó del trance en el que me había sumido al intentar organizar los pasos que daría a continuación. Me asomé a la carretera pero no vi venir ningún taxi.
En la calle aún había gente ya que los sábados por la noche el metro no cierra y muchos jóvenes, como había hecho yo en ocasiones, salen por Barcelona a sus locales y discotecas habituales. Vi como unos conocidos se adentraban en la boca del metro y me giré ligeramente para evitar que me vieran y así ahorrarme mil argumentos de vendedor de tele-tienda.
Después de un rato, cuando ya empezaba a contemplar la idea de coger el metro, apareció un taxi. Lo detuve y después de indicarle a donde me dirigía, el conductor me dijo que podía depositar mi equipaje en los asientos traseros si quería. Al sentarme al lado del conductor comprobé que había hecho bien al esperar ya que los asientos eran muy cómodos, o por lo menos mucho más que los del metro.
El conductor sediento de conversación, fue el primero en romper el silencio:
- ¿Así que te vas de viaje eh? – comentó sonriendo.
- Pues sí.- contesté secamente.
- ¿Y a dónde te diriges? No pareces llevar mucho equipaje.
- Tomaré un autobús que vaya a Andorra, y después no lo tengo claro aún.
- Ay chaval, quien tuviera tu edad para poder viajar… – su voz contenía un aire de melancolía.
Le miré por un momento a la cara. Advertí como los años habían ido esculpiendo con dureza el paso del tiempo sobre su rostro. Daba la sensación de ser una buena persona que había tenido experiencias que hubiera deseado no tener. Y sin embargo allí estaba, con una sonrisa en la boca.
- Nunca se es demasiado mayor como para ser un chaval. O al menos eso es lo que pienso yo.
- Quizá tengas razón, pero no puedo abandonar mi trabajo como taxista. Aparte de eso, muchas cadenas me atan aquí. No es tan fácil amigo.
- Le aseguro que no lo es.
Se me hizo un nudo en la garganta y durante el resto del trayecto me mantuve en silencio. El conductor pareció comprender como me sentía y a parte de dos o tres gruñidos por la supuesta incompetencia de los conductores no dijo nada.
Cuando llegamos, le pagué lo que marcaba y le di una propina como agradecimiento. Recogí mi equipaje y me disponía a asomarme por la ventanilla para decirle adiós pero el conductor estaba fuera ofreciéndome un cigarro.
- ¿Tienes prisa? – inevitablemente consiguió sacarme una sonrisa.
- Le permito robarme diez minutos.
No hubo palabras mientras inhalábamos el humo, la simple compañía era más que suficiente. En el cielo no había nubes pero tampoco estrellas, la contaminación cubría con su velo la ciudad. A pesar de todo pensé que me gustaría que al volver todo siguiera igual.
Cuando los dos terminamos de acortar un poco nuestras vidas el conductor me dijo que debía seguir trabajando y me alargó la mano para despedirse. La estreché con energía y acto seguido se metió en el coche. Sin embargo antes de irse abrió la ventanilla y dijo:
- Recuerda que siempre que te sientas perdido o solo, aquí te espera gente que te quiere. Mucha suerte muchacho y buen viaje.
No supe articular palabras. El taxi se adentró en las calles de Barcelona y después de mirar cómo se perdía en la noche opté por encaminarme al lugar donde debía coger el autobús rumbo a Andorra. El taxista me había dejado pensativo y distraído, por lo que en ese momento no me percaté de lo que sucedería a continuación.
- Eh tú, ¿tienes un “piti”?
Me giré y me encontré con un hombre corpulento, de aspecto desaliñado, cabello grasiento y expresión ruda. De entrada me dio mala espina y pensé que sería mejor guardar las distancias.
- No, no tengo. Lo siento mucho. -por la cara que puso, no le hizo mucha gracia- Quizá algún guardia de por aquí tenga.- el hombre se acercó a mí con intención de intimidar y como suele suceder en estos momentos, las piernas no reaccionaron. El hombre era de mi estatura, quizá un poco más alto.
- ¿No estarás intentando engañarme? Te he visto antes fumar con el viejo del taxi, así que dame un “piti” y no me hagas perder el tiempo.
- Va en serio, no tengo tabaco, el taxista me dio el cigarrillo de antes.
- Pues en ese caso, dame la cartera y yo mismo me iré a comprar tabaco.
Había varias cosas seguras, no podía entregarle la cartera porque llevaba bastante dinero y obviamente si sacaba la cartera y le entregaba una parte no se conformaría con ello sino que también querría el resto.
- ¿Es que no me has entendido chaval? ¡Que me des la pasta o te meto una paliza!
En ese momento, analicé las opciones que tenía y ninguna acababa bien, pero me quedaba la esperanza de ser más rápido que él. Sólo había dos cosas que tenía que proteger, la mochila del material de dibujo y el dinero. El parking. Dejé la maleta de la ropa y eché a correr.
- ¡Eh tu! ¿A dónde te crees que vas?- y comenzó la persecución.
No podía permitirme el lujo de mirar atrás. Tenía la esperanza de encontrar un guardia antes de que mi agresor me diera caza.
- ¡Como te pille te mato!- se escuchaba más lejos y pensé que había conseguido alejarme de él bastante por lo que me confié y me giré para mirar por donde iba. Sí, había conseguido aumentar mucho la distancia pero no me detuve y seguí corriendo. El parking se encontraba detrás del edificio que tenía delante de mí y si lograba llegar a tiempo conseguiría esconderme entre los coches o meterme en alguna callejuela.
Al girar la esquina apareció personificado delante de mí el factor que no tuve en cuenta, un cómplice. Sin tener tiempo para reaccionar, me golpeó en el estómago contundentemente y me tiró al suelo de manera que perdí la capacidad de reaccionar y de defenderme durante unos segundos.
- Ahora dame el dinero y no sufrirás más daños.
- No llevo dinero… – mentí, y con eso me gané que me golpeara la cara. Noté como algo tibio emanaba de mi labio, con un poco de suerte no me lo habría roto.
- Mi compañero llegará en unos segundos y es más agresivo que yo así que dame el dinero y todo irá bien.
Pero yo no quería entregarles el dinero que tanto me había costado reunir, así que con la esperanza de que sirviera de algo grité con todas mis fuerzas.
- ¡Socorro! ¡Ayud…! – y me gané otro golpe en el estómago que me hizo desfallecer de nuevo. Esta vez ya no podía resistirme así que cuando apareció el que me estaba persiguiendo, me eché encima de la mochila que contenía mi futuro medio de vida para protegerla con mi cuerpo.
- ¡Maldito bastardo! – gritó mi perseguidor, jadeante después de haber corrido, y comenzó a propinarme patadas que dejarían su firma en mi cuerpo durante unas semanas.
- Déjalo ya, coge la cartera y vámonos antes de que vengan guardias.- dijo su cómplice.
- ¡Cállate! ¿Desde cuándo eres tú el que toma las decisiones?- gritó y durante unos segundos paró de golpearme.
- Yo solo decía…-y calló de golpe- ¡Ramón, el guardia ha venido! ¡Vamos! ¡Déjalo aquí! -vociferó y echó a correr. Menos mal, estaba salvado.
- ¡Mierda! Pero antes me llevo tu dinero.- gruñó al ver al guardia acercarse corriendo.
Rebuscó entre mis bolsillos y al final la encontró, cogió el dinero y tuvo la gentileza de dejar el resto. Aunque ya se podía dar por satisfecho con lo que había conseguido esta noche. Después de obtener lo que vino a buscar se marchó con su cómplice a ocultarse en las sombras de la ciudad. Afortunadamente mi mochila no había sufrido daños.
La rabia y la impotencia que sentía en aquel momento no pueden describirse con palabras. ¿Por qué me tenía que pasar esto a mí y precisamente hoy?
El guardia al llegar y ver mi estado decidió que sería conveniente llamar a una ambulancia y a los Mossos para que tomaran nota de lo sucedido. En aquel momento me rendí al dolor que sentía y perdí el conocimiento.
“- Las almas de los hombres están vacías. Grises como nubes de contaminación, corrompidas, perdidas en los caminos de la ineptitud y la apatía ante los pequeños tesoros que la vida regala día a día. Desprecian lo que tienen como si de polvo se tratara, y no se dan cuenta que hasta el polvo es importante. Ignorantes. Y aquellos que milagrosamente son capaces de ver lo bello del mundo, capaces de escrutar las almas de las personas, son descartados y llamados Locos, cuando realmente son los únicos que saben apreciar los colores de la vida. Ellos pueden devolver el color a las almas de las personas. Devolverles la capacidad de apreciar los detalles que los rodean. La magia de sentir.
- ¿Quién eres? ¿Qué tiene que ver eso conmigo?
- Tú que eres pintor deberías saberlo. Si sabes de qué huyes y qué buscas, sabrás que tú eres un Loco y que tus manos tienen el poder de cambiar los corazones de las personas.”

Al despertar me costó situarme, pero cuando recobré la visión me di cuenta de que estaba en una ambulancia. ¿Qué había sido esa voz que estaba dentro de mi cabeza?
- ¿Ya ha despertado? Espere que le ayude.- dijo alguien cercano.
Sin poder pararme a pensar en La Voz, me ayudaron a incorporarme porque me costaba moverme. Noté que llevaba puesto algún tipo de vendaje compresivo alrededor de las costillas.
- Disculpe, ¿tengo heridas graves? ¿O son simples moratones? – pregunté al médico que me había ayudado a incorporarme.
- Nada no se preocupe, afortunadamente no tiene nada roto. – afirmó sonriendo- Ha tenido suerte.
Más que las magulladuras, lo que más me dolía era que mi viaje hubiera empezado así. Cuando volví a pensar en lo sucedido, me dio un vuelco el corazón.
- ¡¿Han recogido mi equipaje?! – pregunté sobresaltado. Una punzada de dolor me asaltó en la espalda.
- Creo que sí, no se preocupe. Los Mossos peinaron la zona nada más llegar, ellos le podrán ayudar.
El sanitario me ayudó a bajar de la ambulancia y acto seguido me dirigí al agente más próximo para preguntarle donde estaban mis pertenencias. Me dijo que le acompañara hasta el coche patrulla que había acudido a la llamada. Allí en los asientos traseros tenían mi mochila con el material de dibujo, la otra maleta no estaba. Delante de mí tenía mis esperanzas guardadas en una bolsa de tela.
Fue en ese momento cuando se marcó la diferencia entre los caprichos aventureros de un joven soñador y el ansia de liberar el espíritu de pintor que anhela pintar ilusiones. ¿Cuánto estás dispuesto a luchar por alcanzar tus metas? ¿Cuánto tiempo aguantarás los traspiés que te depara el camino?
Cogí mi mochila le di las gracias al guardia que había acudido en mi ayuda y me dirigí a la ambulancia para saber si debería tomar algún tipo de precaución por las magulladuras.
- No, simplemente guarde reposo y apriétese el vendaje compresivo para favorecer la recuperación.
- Vale, muchas gracias.
Acto seguido, me dirigí a un banco cercano para pensar. Sin dinero, sin ropa y cada vez con menos esperanzas de que mi viaje tuviera éxito, tenía que tomar una decisión. El camino fácil seria regresar a casa como un estúpido, con el cuerpo magullado y lloriqueando por mi mala suerte después de haber gastado dinero en darme un paseo en taxi y haber dejado que me robaran lo que me quedaba de ahorros además de la ropa. Pero si había hecho las maletas y me había marchado de casa no era para buscar caminos fáciles.
Uno de los agentes se acercó y me dijo que si quería poner una denuncia. Afirmé casi por inercia y después de llenar el papeleo les dejé un teléfono de contacto para que me pudieran localizar. Naturalmente les había dado el número del teléfono móvil que había tenido la precaución de coger antes de salir de casa.
Después de eso, el coche patrulla y la ambulancia se marcharon y yo me quedé allí con el guardia que me había ayudado.
- Ven chico, vamos a tomarnos un café para despejarnos un poco.
Le acompañé hasta su puesto de vigilancia y allí me sirvió un café bien cargado de un termo que había traído de su casa.
- Veo que su mujer le cuida.
- Sí, las noches son muy largas y tengo que estar alerta por lo que pueda pasar. Generalmente no tengo problemas, pero siempre están las excepciones cómo hoy. El café ayuda a soportarlo.
- Vaya, creo que debería sentirme afortunado – comenté irónico.
El guardia comenzó a hablarme de su esposa y sus hijos a los que yo nunca conocería. Más tarde comentó varias veces el tiempo que hacía e inició conversación sobre varios temas de actualidad de los que parecía haber leído mucho en los periódicos, política, deportes, daba igual. Estuvimos mucho tiempo así, entre sus comentarios y mis silencios, agotando el café del termo mientras yo planeaba cual iba a ser mi siguiente paso.
Casi sin darnos cuenta las primeras luces del alba aparecieron sobre los edificios. Sin embargo aquel día parecía que sobre la ciudad había caído un cubo de pintura gris. Triste y sombría Barcelona mostraba una mañana más su hermosa silueta.

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